Un error

Couple kissing behind hand

”Verás, me he fijado en que muchas personas de mi entorno (tanto chicos como chicas) suelen comportarse de manera parecida cuando salen con una persona: la pareja en cuestión se convierte en la mayor prioridad y dejan de lado a los amigos. De pronto únicamente tienen tiempo para la pareja y los amigos pasan por completo a un segundo plano. Aunque claro, cuando la relación de pareja va mal por la razón que sea o incluso rompen, la situación cambia. Es como que de pronto vuelven a acordarse de los amigos y vuelven a retomar el contacto con ellos, a veces empujados por la necesidad de compartir con alguien sus problemas de pareja.
Me ha pasado esto en varias ocasiones y sinceramente por un lado lo entiendo y a la vez me molesta. Lo entiendo porque es normal que cuando conoces a alguien lo que mas te apetece es estar con esa persona. Pero también me molesta porque cuando mis amigas se han echado novio y el novio pasa a ser prioritario tengo la sensación de que me quedo un poco sola.
Cuando se da esta situación yo me planteo: ¿Es sano centrarse tanto en una persona y que las amistades pasen a ser algo secundario?¿Me pasa únicamente a mi o es algo relativamente normal?”

Este es un extracto de un correo que recibí ayer de “A”, una lectora de 29 años a la que sus amigos dejan de lado en cuanto se emparejan. ¿Os suena? Mucho ¿verdad?

Querida A: esto nos ha pasado, nos pasa, a todas. Y sospecho que yo, algunas veces más y otras menos, también lo he hecho: he centrado mi mundo en mi pareja y he apartado lo demás, y es un error. De los errores puedes aprender o no. Seguir tropezando en la misma piedra, o no. Y en eso no hay quien te ayude.

Por supuesto que no es sano olvidarse de las amistades para centrarse en la pareja, porque al final la familia y los amigos siempre están, y los novios van y vienen, pero hay que madurar para entenderlo, y no todo el mundo madura a la vez. A los veintinueve años ya deberían haberlo hecho, ahí te doy la razón.

Te diría que esta tontería de mi mundo es mi novio se pasa con la edad, pero a algunos no se les pasa nunca. Así que no sé qué decirte, excepto que hables con tus amigos y les digas que tú también necesitas que te dediquen tiempo (y no solo que te den la turra con sus problemas), amplíes tu círculo de amistades para que sea más heterogéneo (¿quizá gente un pelín mayor?) y no te sientas aislada, y te armes de paciencia, cari, porque es tan común… pero tanto…

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#NoSeViola #NoSeMata #NoSePega #NoSeAbusa

Woman Defending Herself From Attack

Antes de que alguien pierda el tiempo apelando a mi ética periodística, recuerdo que esto que estáis leyendo, el blog, es pura opinión personal. Que aquí dejo a un lado la base de cualquier artículo -la información y el análisis objetivo- y digo lo que pienso, y hasta me atrevo a opinar cuando me pedís consejo. Siempre desde MI punto de vista.

Una vez aclarado esto, me tiro de cabeza a la piscina: el juicio por presunta violación a una chica de 18 años a cinco integrantes de La Manada.

Repito lo de “cinco integrantes” porque La Manada eran ellos y todos los que les jaleaban en el grupo de WhatsApp, los que siguen defendiendo que ESO era sexo consentido, y los que nunca tuvieron el coraje de decirles que eran unos depredadores y unos delincuentes. Ellos también son parte del problema, pero no están sentados en un banquillo, acusados de un gravísimo delito. Qué pena que no se les pueda obligar a responder por ello…

No creo que a nadie le haya sorprendido que se esté intentando desacreditar a la víctima, apelando a que en apariencia está llevando una vida “normal” después de la violación. A mí desde luego no me sorprende en absoluto: vivimos en una sociedad que cree (en serio se lo cree) que una chica de 18 años consiente que cinco desconocidos la usen como un pedazo de carne en un portal, porque a ella “le va la marcha”. Porque todo el mundo sabe que a esa edad te dejas hacer de todo, por cualquiera, sin condón… por el coño, por el culo, por la boca, cinco tíos uno detrás de otro, sin piedad y sin, como dice Luz Sánchez-Mellado, ni rastro de humanidad, es normalísimo, vaya. El tipo de gente que cree de verdad que eso es lo que le gusta a una mujer, es la que ve cómo se veja a mujeres en su canal porno de referencia y no vomita del asco.

Dejemos claro una cosa: se llama “sexo” cuando es consentido, cuando no lo es es violación. La violación no es un acto sexual, es un delito violento que cambia la vida de la víctima y puede dejarle secuelas para siempre.

Nadie con un mínimo de sentido común puede creer que esta chica se ha dejado hacer esto por propia voluntad y que luego ha ido a denunciar. En serio ¿qué necesidad podría tener de sufrir el escarnio público? ¿Las mujeres somos todas unas locas y taimadas, que vamos a destrozarle la vida a cinco tipos a los que no conocemos de nada? ¿Qué beneficio podría haber en ello?

Quiero creer que en Derecho habrá razones legales para que esos jueces admitan unas pruebas y otras no. Que se admita una foto en el IG de esta chica (en la que aparece una famosa con una camiseta y no ella, por cierto) como prueba, y se consideren los mensajes del chat en los que se habla claramente de preparativos para violaciones como “humor” y se desestimen como prueba. Tengo que creer que existen razones legales porque no tengo más remedio, aunque me repugna hasta la náusea. Lo único que consiguen con esto es que las mujeres desconfiemos de la Ley que supuestamente nos protege, y que nos lo pensemos muy mucho antes de denunciar un abuso, una violación o un maltrato. Siempre vamos a ser cuestionadas y tomadas por mentirosas. En vez de enseñar a nuestros hijos que NO SE VIOLA, NO SE PEGA, NO SE MATA, tenemos que enseñar a nuestras hijas a esconderse y protegerse, porque somos INCAPACES de defenderlas.

A esta niña me gustaría decirle que esto pasará y podrá seguir con su vida. Que mi deseo y el de cualquiera con un poco de humanidad es que estos seres pasen el mayor tiempo posible encerrados (ojalá tiraran la llave). Que pase lo que pase ellos SIEMPRE serán unos violadores, pero que ella no va a ser más una víctima, va a ser una superviviente.

#HermanaYoSíTeCreo

Pd (el nivel de enfermedad de esta sociedad se mide por lo abyecto de sus descubrimientos. No somos capaces de erradicar el Hambre, acabar con la contaminación que nos está matando o encontrar la cura del SIDA, el cáncer o el Alzheimer, y somos capaces de inventarnos esta basura: un robot sexual para fingir una violación).

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Je ne regrette rien… ¿seguro, cari?

High angle view of woman with black tea sitting on rug at home

Dicen que las tres cosas más desesperantes en la vida son: intentar convencer de algo y no conseguirlo, esperar a alguien que no viene, e intentar dormir y no poder conciliar el sueño. A mí hoy me ha tocado la tercera. Dos horas, a lo sumo, habré pegado ojo, que para alguien que prefiere mil veces quedarse sin comer antes que sin dormir, ha sido desesperante. Agotaíca estoy. El día de hoy me parece que lo va a “patrocinar” San Red Bull… En fin, qué le vamos a hacer.

Lo peor del insomnio es la velocidad con la que enganchas un pensamiento absurdo con otro, la de idas de olla y recuerdos enterrados que se vienen a la memoria.

Eso de que no debemos arrepentirnos de nada de lo que hayamos hecho, porque gracias a ello somos como somos, es verdad solo a medias. Una de las conclusiones a las que he llegado en estas horas de no sueño ha sido que vale, arrepentirse es una estupidez, puesto que no hay manera de deshacer lo dicho o hecho, pero creo que dentro del “arrepentimiento” hay dos niveles: el “no debería haberlo hecho, pero una equivocación la tiene cualquiera”, y el “ahivá la hostia, por favor quiero olvidarme de esto para siempre”.

Y yo, como todo el mundo, también tengo cosas de las que me arrepiento nivel 2. Ya no puedo cambiarlo, de algunas además de arrepentirme me avergüenzo, pero mi cerebro (ese cabroncete que no me deja dormir a veces) no deja que me olvide.

En las noches de insomnio me acuerdo de las malas decisiones, de la poca autoestima y fortaleza mental que caracterizaron a mi juventud, de las noches que estuve sin dormir esperando a alguien que no venía, y a quien le importaba tres cojones hasta qué punto me hacía sufrir. Esos, por ejemplo, son arrepentimientos de nivel 1: equivocaciones cometidas por pura bisoñez, actitudes que me enseñaron y me educaron para no ser así nunca más.

Repasando mi vida en los últimos tres años me di cuenta de que el número de cosas de las que arrepentirme había descendido de manera radical, justo desde que dejé atrás lo que me hacía daño y acogí con alegría lo bueno que se me presentaba. Una tiene menos cosas de las que arrepentirse cuando actúa como cree que es correcto. Sonreí, satisfecha, y creo que entonces me dormí… lástima del despertador dos horas después…

(Son las 6:50. Buenos días. Voy a por un café.)

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PREGÚNTALE A PEPA
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Pregúntale a Pepa (XXII)

Woman writing her dairy.

Hoy transcribo una sola carta, porque no es para mí, es para todas las que leéis este blog. La he redactado en consenso con su protagonista, después de intercambiar varios correos, porque así me lo ha pedido, ya que cree que lo contaré con más clarida. Ella la ha leído y está conforme con lo escrito. A vosotras va dirigida y merece todo el espacio.

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Me llamo Ángela y te escribo para contar mi historia, no para pedir consejo. A lo mejor alguna mujer se ve reflejada en ella y toma el valor para acabar con una relación tóxica.

Tengo 35 años, estoy separada hace tres y tengo una hija que acaba de cumplir seis.

Conocí a mi ex hace 10 años. Éramos de la misma pandilla. Nos gustaba ir a festivales de música electrónica y a sesiones en discotecas. En esa época salíamos prácticamente todos los fines de semana y sí, tomábamos drogas, pastillas, cocaína y alcohol. No en exceso ni que nos impidiera tener trabajo ni una vida “normales”. Si te mueves en este ambiente nadie te obliga a consumir, pero como dice Dave Gahan “si todos los días acompañas a tus amigos al barbero, al final un día te cortas el pelo”. No es excusa, pero es una explicación.

El caso es que un tiempo después de irnos a vivir juntos, más o menos a los dos años, me quedé embarazada. Hacía rato que habíamos bajado el ritmo de salir, así que para mí no fue ningún trauma dejar todo lo tóxico. Solo lo dejé yo, porque él siguió saliendo de juerga. Pensé que se calmaría cuando naciera el bebé, pero no.

Sé que es un cliché, pero nació mi hija y las cosas fueron a peor. Le pasa a muchas parejas, no sé por qué, y la mía no fue una excepción.

No he contado que al poco de empezar a salir me diagnosticaron una ETS. Algo muy común, del mismo tipo que sale en el labio, eso me dijeron, pero por algún motivo, una bajada de defensas, había pasado a la vulva. Estaba devastada. Era muy doloroso y además me sentía poco menos que una apestada. Tuve varias parejas antes de conocer a mi novio y era muy activa sexualmente, aunque siempre tomé precauciones, no era una loca. Él había estado solo con tres chicas. Creí -idiota de mí- que mi promiscuidad era la causa de haber pillado algo así, y por más que me dijeran ginecólogos y dermatólogos que no tenía que ver, que una sola vez podía producir un contagio, que era un virus que una vez lo pillabas quedaba en el organismo, y podía saltar en cualquier momento y cualquier mucosa (hasta en los ojos), yo me echaba la culpa. Y mi novio no hizo nada por quitarme esa idea de la cabeza. Era MI problema y yo la que las pasaba putas cada vez que tenía un brote. Pero no había tenido ningún problema de ese tipo hasta que le conocí a él…

Viví desde el diagnóstico con cuidado de que no me bajaran las defensas, y absteniéndome de tener relaciones sexuales cada vez que me pasaba.

Después de nacer mi hija, y con la tensión de los problemas en la pareja, los brotes aumentaron. Y cuando estos pasaban, tenía dificultades en las relaciones sexuales, que eran muy dolorosas, horribles, me hacía mucho daño. Así que, sencillamente, dejé de tener sexo. Esto multiplicó las broncas por mil. Me trataba fatal. Me hablaba a gritos o no me hablaba.

Como yo estaba molesta con que me dejara sola en casa y él se fuera por ahí, mi novio empezó a consumir en casa. Una vez que la niña dormía, sacaba los trastos y se ponía a beber y a meterse rayas. Era para relajarse de la tensión del trabajo, decía. “Tómate una copa tú también”, “venga, que por un tirito no pasa nada”… ¿Recuerdas lo que he dicho antes de la barbería y el barbero? Pues eso, Pepa, que me arrepiento lo más grande de haber sido débil y una irresponsable, pero caí. Las veces que pasaba yo me quería morir al día siguiente, pero no por la resaca física, sino por la mental, el arrepentimiento y el saber que me estaba machacando y tenía una hija de la que era responsable.

Junto con las drogas comenzó a pedirme que le hiciera algunas cosas sexuales (poco habituales y hasta aquí puedo leer), que a él le daban mucho placer pero que a mí me convertían poco menos que en un consolador humano. No me gustaba nada y solo accedía a hacerlo cuando estaba colocada, así que cada vez insistía más en que me drogara con él para conseguirlo. Hasta que me negué. Entonces me dijo que no le quería, que no era capaz de tocarle si no era drogada, que nuestra vida sexual era inexistente, que si yo no podía follar porque tenía “el coño roto” al menos “le debía eso”.

Ese día me hizo -por fin- click la cabeza, y decidí separarme. De eso hace tres años. Ahora comparto piso con una amiga que es madre soltera y nos ayudamos la una a la otra con los críos.

Hace un año conocí a un chico. Venía mucho a mi trabajo y un día me pidió el teléfono para invitarme al cine. Yo no había vuelto a estar con nadie, pero era muy amable y simpático, y me convenció. Empezamos a salir, y al mes o así me propuso que nos fuéramos un fin de semana a un hotel rural, los dos solos. Yo estaba muerta de miedo, por mi problema y por su reacción cuando se lo explicara, pero no quería empezar algo con una mentira, así que le conté toda la historia, y que tenía que tomar ciertas precauciones, y todo el tiempo que llevaba sin tener relaciones. Me escuchó sin interrumpirme ni una sola vez. Me dijo que siempre que yo estuviera bien, él no tenía ningún problema, que no me sintiera presionada, y que el fin de semana era para estar solos, lo que surgiera o no ya se vería, pero que no me preocupara.

Fue un fin de semana maravilloso. Estuvimos la mar de a gusto. Hablamos sin parar todo el tiempo. Por la noche todo fluyó de la manera más natural. Yo, que pensaba que ya no volvería a tener un orgasmo, disfruté por primera vez en años… ¡en años!.

A día de hoy seguimos saliendo, aunque yo de momento no quiero volver a vivir en pareja, ese trauma aún no lo he superado, pero estamos bien.

Si cuento mi historia es porque quiero mostrar que en algunas relaciones nos dejamos llevar al lado oscuro solo porque creemos que así mantenemos a nuestra pareja. Pero alguien que no te respeta y solo te tiene en consideración para su propio placer, ignorando quién eres, no es tu pareja, es tu explotador sexual. Si algo no te gusta tienes que decir NO, con firmeza. No cedas al chantaje emocional, al “es que no me quieres y por eso no te gusta hacerlo”.

También quiero decir que aunque las mujeres seamos más vulnerables a sufrir un contagio de ETS, por nuestra propia morfología, hay muchos tíos que van por ahí transmitiendo mierdas sin ser conscientes de lo que van propagando, porque no tienen los síntomas, ni tienen el más mínimo interés en hacerse pruebas. Si te pasa algo a ti, tu pareja TAMBIÉN tiene que hacerse pruebas, y asumir la prevención, no dejarlo solo en tus manos. El condón, aunque es una protección muy eficaz, no evita el contagio de algunas enfermedades. Y no “te libras” por ser más o menos promiscua: una sola vez es suficiente.

Siento si es un poco largo. Es la primera vez que pongo todo junto y no quería dejarme nada fuera.

Gracias por dejarme contarlo.
Ángela.

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Cuestión de admiración

Cuando era apenas una niña me decía mi madre: “busca un muchacho bueno y trabajador. Da igual que no sea muy guapo o que no te guste mucho. El cariño se hace con el tiempo”. Entendedla, se educó en una época en que las mujeres tenían que pasar del paraguas paterno al paraguas del matrimonio, aunque ese paraguas estuviera lleno de agujeros y te dejara más desprotegida que otra cosa.

Las buenas cualidades para ella se resumían en eso: que no te pegara, que trajera el jornal a casa. Vivió una guerra y una posguerra. Sufrió un padre más inclinado a dejarse la fortuna en la mesa de juego que en alimentar a su familia. Y casándose con “el guapo” no acertó, repitió la jugada pero a peor… Así que la pobre creía que feo y trabajador eran un seguro para no sufrir.

Pero yo nunca fui dada a escoger a mis novios por esas cualidades. Que conste, eso sí, que no he sido clasista y la belleza y proporción áureas no siempre han casado con la mayoría de mis parejas (aunque algunos eran francamente guapos). Así los ha habido altos y bajos. Gordos y flacos. Querubines y feos con ganas. Todos tenían algo, o al menos algo para mí en ese momento de mi vida.

Con los años sí que he ido “puliendo” mis preferencias: ahora soy completamente incapaz de enamorarme de alguien a quien no admire. Y para admirar a alguien necesito unos cuantos requisitos:
– que sea buena persona, y no solo conmigo o por aparentar. Que lo sea de verdad.
– que tenga sus propias ideas, aunque no coincidan a veces con las mías, pero que no se deje mangonear y no me intente mangonear a mí
– que trabaje. Nadie trabaja por gusto, está claro, pero ya no me veo con ganas de soportar ni un solo vago más en mi vida
– que folle bien. Que me folle bien. Que le guste hacerlo y se lo pase casi mejor viéndome disfrutar a mí que a él mismo. El que actúa así os aseguro que recibe su recompensa (esta debería ir más arriba, pero no os fijéis en el orden).
– que no se sienta abrumado, atacado o disminuido porque en algunas cuestiones sea más experta. Los acomplejados intelectuales son dañinos: en menos de un año yo he pasado del “qué inteligente eres” al “ya está la lista de los cojones”. Huyo de ellos como de la peste.
– que le guste verme, joder, que se le iluminen los ojillos. No hay nada más descorazonador que que tu marido te mire al entrar en casa como si fueras un mueble más (algunos -y algunas, ojo- miran con más pasión al sofá que a su pareja)
– que sea limpio. Esto, que puede parecer una obviedad, no lo es en absoluto. Y tampoco tiene que ver con defectillos de la edad. Sé de cuarentones que no se cambian los calcetines hasta que no se les marcan los dedos de los pies, y que su idea de “camiseta limpia” es esa que “solo se han puesto dos veces”, seguidas y sin haber pasado por la lavadora. El mayor truco de belleza es la limpieza.

Y si además está tan bueno como Amante, que podría pasar por uno de los de “300”, pues mira, tampoco te voy a decir que me disguste, je. Ya os he anticipado que tengo que sentir admiración, y ese culo es para ponerle una calle, palabra.

¿Que soy una exigente? Pues puede, pero es que de feos, chulitos guaperas, vagos, guarros, incompetentes sexuales, acomplejados intelectuales y malas personas, ya he tenido no para una, sino para varias vidas. Llené el cupo.

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Convertir a una dama en una fulana

Well, some feel that to court a woman in one’s employ, is nothing more than a serpentine effort to transform a lady to a whore.

Bueno, algunos creen que cortejar a una mujer que trabaja para ti, es un intento serpenteante de transformar a una dama en una fulana.

Premio para quien sea capaz de decirme en qué película romántica de los 90 suelta esta maravillosa parrafada el protagonista.

Rumores de oficina. Cotilleos delante de la máquina de vending. ¿Quién no ha escuchado alguna vez entre susurros Fulanita se tira al jefe? Sea o no verdad, en nuestra cabeza ya le hemos perdido el respeto a Fulanita. Da igual que sea maja, buena compañera, trabajadora, solidaria, que tenga tres masters o que sea una crack en lo suyo, ahora ya Fulanita es La que se tira al jefe.

Parece que las mujeres tenemos que defendernos en todos los frentes. No podemos bajar la guardia nunca. No resultar demasiado atractivas en el trabajo, para no suscitar envidias o provocar el deseo. Mantener siempre las distancias, olvidando herramientas tan necesarias para el trabajo en equipo como la confianza y la camaradería. Estando siempre atentas por si el lobo acecha…

Porque basta con que el lobo se fije en nosotras y nos suelte un piropo o una mirada fuera de lugar, para que perdamos nuestro estatus de dama y nos convirtamos ipso facto en una fulana. “Si es que claro, las miraditas… el jaja jeje… que le sonríe y ya se pone berraco… si es que lo va buscando… le pone el trapo delante”.

Hay tipos que no conocen otro tipo de comportamiento más que el de depredador. Creen que las mujeres estamos para regalarles la vista. Que estamos ahí para hacer bonito. Que no nos podemos enfadar si nos dicen 15 veces lo guapa que estamos y ninguna lo bien que hemos resuelto ese problema. Que del mismo modo que nos dicen guapa sin que nadie se lo pida, se creen con derecho a llamarnos fea si le llevamos la contraria o les desairamos.

Os pido que hagáis un ejercicio mental: coged a ese energúmeno que constantemente flirtea con vosotras e imagináos que hace lo mismo con un hombre, con un compañero vuestro, ese con el que anda siempre haciendo planes o yendo a conciertos. Visualizad cómo le dice lo impresionante que está ese día, o el culito que le hacen esos pantalones; que le pide que cambie la cara y sonría un poco, que así está mucho más guapo… ¿A que lo veis ridículo?

Pues recordad eso mismo la próxima vez que alguien en la máquina de café os cuente en voz baja aquello de Fulanita se tira al jefe. Desacreditar a una mujer es asquerosamente fácil, y una forma rápida y eficaz de impedir su ascenso profesional. No alimentéis el rumor. No les ayudéis en el empezo de convertir a una dama en una fulana.

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Da miedito

Viernes. Dos y media de la tarde. Vagón de metro bastante lleno. Dos “canis” de unos 19 o 20 años sentados en el suelo entre vagones. Uno de ellos hace una llamada telefónica: “Hooolaaaa… ¿sabes quién soy?” -con voz melosa- “te llamo para ver si nos vemos hoy… ¿hasta las 18:3‪0?… ya… Bueno, si quieres te llamo mañana para vernos, que tengo ganas de verte, princesa‬.‪ ¿Sí? Oook… hasta mañana, guapísima… muá muá”.  Cuelga el teléfono y cambiando radicalmente el tono de voz se dirige a su colega, que estaba sentado frente a él: “MAÑANA FOLLO, CHAVAL… mira mira lo que me dice por guasap”.  Y lee en voz alta los mensajes de e‬l‪la, algo muy naif sobre labios y besos, pero que culmina con un arriesgado “podrás hacerme lo que quieras…”, que exalta al elemento y exclama, triunfal: “buah, tío… la voy a sujetar así del cuello, apretando y la voy a dar to duro”‬.

Es en estos momentos cuando a mí me gustaría ser un bigardo/a de metro ochenta y 100 kilos, con dos manos como dos roperos abiertos, para enfrentarme a este energúmeno y enseñarle cuatro cosas sobre el respeto a las personas, a la intimidad de la personas‬ ‪y a la libertad sexual de las personas. Me hubiera gustado‬ ‪poder quitarle el teléfono para llamar a esta chica y advertirle‬ ‪que a no ser que le guste mucho‬ ‪el sexo duro y la dominación, va a pasar un mal rato, y que el tipejo que debería estar agradecido por dejarle acceder a su cuerpo, va por ahí publicando a voz en grito lo que va o no va a hacerle.‬

Pero como soy un escuerzo que no llega al metro sesenta y pesa 52 kilos (además de que desde que ‬f‪ui madre me lo pienso mucho antes de meterme en jaleos donde puede que me lleve un guantazo), me quedé con la mala hostia metida en el cuerpo.‬

‪No, esto no es una actitud propia de los millennials y la Generación Z. Bocazas y fantasmas ‬l‪os ha habido y los habrá en todas las épocas mientras sigamos adoleciendo de una educación completa, a todos los niveles. Lo que me preocupa es el concepto de SEXO que están adquiriendo los que nos siguen. Me preocupa que confundan PORNO con SEXO, y trasladen esa manera de follar que ven en las pelis a la vida real.‬

Ese “agarrar por el cuello”, la dominación, la humillación y la degradación de las mujeres -principalmente‬-‪ es lo que aparece cada vez con más frecuencia en el porno. ‬

Uno de sus grandes iconos, Rocco Siffredi, ha basado prácticamente toda su carrera en este tipo de cine‬.‪ Basta con echar un vistazo al documental “Rocco‬” (al documental, no a los súper estéticos trailers de promoción)‪, para que se te revuelva el estómago. Y para ‬d‪arte cuenta de que sí, el hombre tiene un rabo como el cerrojo‬ ‪un penal, pero su ‬r‪elación con el sexo y su actitud con las mujeres en las películas que protagoniza, es enfermiza.‬

Me da mucho miedito el futuro de mi hijo‬,‪ la verdad.‬

 

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Colaboradores necesarios

Tenía más o menos una idea de lo que me iba a encontrar al pediros que me contarais vuestras historias de acoso, pero nunca pensé que me enfadaría e incluso pasaría miedo con vuestros relatos.

Es asquerosamente normal el abuso, ahora ya no me cabe ninguna duda. Lo más asqueroso de todo es que el 99’9% de las veces la víctima se siente culpable, porque piensa que de algún modo ha provocado la situación.

¿Cómo no pensarlo?. Leo con estupefacción a algunos de mis contactos comentar en las redes que las víctimas de Weinsten ya podían haberlo denunciado en su día, y no ahora. Las que lo hicieron fueron baneadas, y nadie las creía. Entre arruinar del todo tu futuro (eran veinteañeras, sin el temple que da la edad) o guardarlo en un cajón del cerebro y seguir adelante, es comprensible que optaran por lo segundo.

¿Puedes juzgar esta decisión si tú nunca has pasado por esto? Por lo visto, sí: se abre la veda para decidir -una vez más- sobre el bien y el mal.

A estos guardianes de la verdad, la honradez y la sororidad, les dejaría echar un vistazo a todos los correos que me habéis mandado, para que descubrieran hasta qué punto es traumática una experiencia de este tipo. Para que vieran que pasa a todos los niveles de la sociedad, con un vecino, un jefe, un desconocido con el que te cruzas y mete la mano bajo tu falda solo porque eres una niña incapaz de defenderte.

Me gustaría que vieran que en todos los casos las víctimas se creen culpables de provocarlo, por algo que han dicho o hecho, y se avergüenzan y castigan por ello. Un trauma tan interiorizado que algunas no lo han verbalizado hasta que lo han puesto en el correo que me han mandado… Así está el tema, señores. Como para hablar de sororidad y de que si no lo contaste en su día ahora tu denuncia carece de validez.

Que el ya llamado “efecto Weistein” haya desencadenado toda una serie de testimonios de abusos (no sólo en el cine, también en la moda, y en otros muchos ámbitos) es lo mejor que podría pasar.

Extraoficialmente -ya que la editorial no se ha manifestado- y a través de la filtración de un correo electrónico, se ha sabido que el fotógrafo Terry Richardson ha sido vetado para trabajar en el futuro con Conde Nast, a cuenta de las numerosas denuncias por abuso sexual hacia algunas modelos que tuvieron la mala suerte de posar para él. Un tema viejo, se defiende el interesado, pero no por ello prescrito. El abuso es un trauma que no caduca.

#MeToo es necesario para que comprendamos que los abusadores lo son simplemente porque pueden, PORQUE SE LO PERMITIMOS, porque están en una situación de poder e impunidad, porque no se les señala, porque no se les combate, porque a ellos no se les aparta ni margina, que es justo lo que hacemos con las que se atreven a denunciarlo.

Lo positivo de esta ola de sinceridad, es que está destapando hasta qué punto estamos infestados por este mal. Es NECESARIO que la cultura del “se dice el pecado pero no el pecador” desaparezca. Es IMPRESCINDIBLE acabar con la impunidad.

Y lo primero que debe desaparecer es esa visión tan machista, tan de proteger al abusador, que aún mantenemos: siempre ponemos en duda la veracidad del testimonio de la víctima. Si tiene un pasado promiscuo. Si por qué va por ese camino por el que nadie pasa en vez de por el otro. Si se pone una falda o un escote. Si es amable y sonríe. Si ha acudido a una cita de trabajo en algún lugar no habitual, como un hotel. Si por qué volvió sola a casa tras salir de juerga… Descargamos la responsabilidad en la víctima, y no en el violador o el abusador, que es el ÚNICO culpable.

En cierto modo, somos todos colaboradores necesarios en esta cultura del abuso y el silencio. ¿Por qué voy a contar lo que me ha pasado, si no me van a creer, si me van a poner de puta irresponsable para arriba, si van a justificar lo que me ha pasado porque yo sola me lo he buscado? Me callo y apechugo como puedo con mi trauma.

Publico a continuación una selección de testimonios anónimos. Esta mierda está en todas partes.

1 /////////////

En 2010, yo tenía 17 años recién cumplidos y nos acabábamos de mudar a una casa adosada en una urbanización en una colina. A nuestro alrededor solo había bosque, campo, y más urbanizaciones… Ni tiendas, ni ultramarinos, ni tan siquiera chinos. La mayoría de las casas, recién construidas, todavía estaban desocupadas, pero pronto llegó a la casa de enfrente (en otra urbanización distinta a la mía) una nueva familia. Un matrimonio, de unos treinta y tantos, con dos niñas pequeñas (de unos 2 y 4 años). Pronto, mi madre y yo nos dimos cuenta de que el hombre estaba de muy buen ver y acabamos llamándolo “el vecino buenorro”. Él era agradable, y como con cualquier otro vecino, lo saludaba, a veces sonriendo, otras con la mano… Un acto insignificante e inocente que a mí me traía ilusión. Yo era joven, una romántica, y había idealizado historias como Lolita y El Amante… No buscaba nada con un hombre mayor, pero me gustaba la sensación de no pasar inadvertida a alguien mayor.

Nunca hablábamos, solo nos saludábamos… No era nada prohibido ni malo, pues mi madre o su mujer también saludaban. Sin embargo, pronto los saludos no eran nuestra única interacción. Recuerdo que la primera vez que me habló fue cuando iba a tirar la basura con mi perra. Se paró a mi lado, me dijo su nombre y me dio dos besos. En ese momento yo estaba flipando (me había dado dos besos, “el vecino buenorro”!). Estuvimos hablando como 5 minutos sobre mi perra y luego él volvió a su casa y yo con mi paseo… Creo que fue entonces o más tarde, cuando quizá yo le di mi nombre, que me agregó a Tuenti (la versión española de Facebook).

En verano solía hacer calor, y por las tardes yo me ponía en la terraza a tocar la guitarra, o por las noches con las ventanas del salón abiertas de par en par para que entrase el fresquito… Era entonces, cuando él se ponía a mirarme; desde su jardín por la tarde o su azotea de noche. Por las tardes, a lo mejor llegaba, aparcaba su coche, entraba a la casa y volvía a salir de ella sin camiseta – a lo que yo pensaba “eh… ok” y seguía tocando mi guitarra. Pero fue una noche cuando mis alertas se dispararon. La primera vez que lo vi allí fue cuando estaba viendo una peli en el salón. El canal hizo una pausa para publicidad y aburrida miré hacia afuera. Tumbada en el sofá tenía un ángulo diagonal perfecto hacia su azotea, y allí estaba él. Sin camiseta. Mirándome. Supongo que me distinguiría perfectamente por la oscuridad de la habitación siendo la luz de la tele la única que me iluminaba. Me pareció muy raro… Demasiado. Moví mi cabeza en su dirección como diciendo “ey”, pero esa vez no me ilusioné. Me pareció bastante siniestro y raro que estuviese ahí mirándome. Escurrí el culo hacia adelante en el sofá y acabé por desaparecer de su vista.

Fue desde entonces que todo cambió. Desde entonces, sentí que siempre que salía a pasear a mi perra o tirar la basura coincidíamos… Sus primeros mensajes a Tuenti eran inocentes, pero pronto empezó a enviarme mensajes del tipo “eres muy guapa”, o “me gustas mucho”. A medida que la cosa iba a más yo me sentía cada vez peor… Ya no me gustaba que me saludara, por la noche veía las películas con las cortinas echadas, miraba por la ventana para asegurarme que él no estaba ahí antes de salir a tirar la basura…
Empecé a tener miedo de encontrarme con él. Y mientras tanto, sus mensajes no paraban. Me preguntaba que si él había hecho algo malo, que qué me pasaba…

Yo me sentía sola y estaba asustada. Pensé que eso era lo que me merecía; que esa situación era mi culpa…
Pensé en su mujer. Pensé en mi madre. Pensé en la vergüenza. Y como resultado o salida, pensé que lo mejor era hacerme daño a mí misma…
Sin embargo, por cobardía o valentía, no sé qué es lo que realmente me impulsó a hacerlo, hablé con mi madre y se lo conté todo.

No la había visto, ni hasta la fecha la he visto tan enfadada. En resumidas cuentas me dijo que no era mi culpa.

Lo borré de Tuenti, aunque eso no evitó que me siguiera escribiendo. Me acuerdo del color de su coche, verde aceituna, y de la matrícula acabada en AJ. Cada vez que lo veía se me paraba el corazón. De hecho, ya habían pasado algunas semanas cuando, paseando a mi perra mientras escuchaba música, vi por el rabillo del ojo un coche verde que se me acercaba. Poco a poco iba desacelerando, hasta que finalmente paró a mi lado. Vi que, en efecto, se trataba de él, y temblando de miedo, tiré de la correa de mi perra y me metí en el campo donde no podría seguirme con el coche – decisión tonta, ahora que lo pienso, porque podría haberme seguido andando…

Supongo que acabó por cansarse y al final dejó de acosarme. No se lo dije a nadie más. Tampoco denuncié, porque pensé que podría hacerle daño a su familia y que quizá yo exageré. Los mensajes ya no existen y la experiencia ya no es fresca después de tantos años, por lo que no puedo estar segura. Lo único que sé con certeza es el sentimiento de querer hacerme daño a mí misma; de castigarme. Puede que desde su punto de vista la situación no fuera tan descabellada, pero desde el mío sí.

Nunca he contando esta historia con tanto detalle. De hecho, me he sorprendido de cuantas cosas recuerdo con tanta claridad… Espero que esto ayude a concienciar a jóvenes en mi misma situación. No tienen la culpa y deben de ser fuertes y pedir ayuda porque no están solas.

2 /////////////

Seré breve con mi experiencia, ocurrió hace 19 años: con trece años había dos caminos para ir al instituto, uno mucho más transitado pero que daba mucho rodeo y uno menos transitado pero más directo. No es que fuera especialmente peligroso pero es cierto que pasaba menos gente. Yo tenía trece años y a pesar de que mis padres me recomendaron ir siempre por el camino largo, a veces, por aligerar, acaba eligiendo la otra alternativa.

Un día, volviendo a casa, un hombre que venía caminando hacia mi, se plantó sin más delante y me metió mano. Me hizo un comentario que omitiré pero solo pude correr y alejarme mientras él se reía sin parecer que hubiera hecho algo malo.

Durante mucho tiempo me sentí exactamente cómo has relatado. Culpable porque pensaba que al haber desobedecido a mis padres había provocado esa situación…por lo tanto quizás me lo merecía. De hecho nunca se lo conté a nadie.

Con 32 años puedo decir que he vivido muchos más momentos pero quizás ese es el que más me marcó. Evidentemente tengo superado todo esto pero estoy de acuerdo con lo que has expresado muchas veces en tus textos, no podemos acostumbrarnos a estos momentos, dejarlos pasar como condición inherente de ser mujer. Y creo también que es importante transmitir a las mujeres otros valores que hagan desaparecer la responsabilidad y la culpa achacadas a nuestra condición.

En fin, muchas gracias por habilitar este email, tras haberte contado ésto me siento mucho más ligera. Un saludo.

3 /////////////

Hola, Pepa. Intentaré resumir. En mi primer trabajo serio tras terminar la carrera y un máster (Ingeniería), me animaron desde RRHH a ser colaborativa y trabajar en equipo. El director fomentaba el trato no formal con el resto de los compañeros (todo hombres) incluido él. A menudo coincidíamos en la terraza fumando un piti, hasta el punto que ya cuando uno de los dos iba a fumar le hacía una seña al otro y bajábamos juntos…

Ese fue mi error, creer que ese buen rollo y esa actitud eran lo normal.

El cotilleo en la empresa era que él y yo estábamos liados. Hubo quien dejó de hablarme. Me boicoteaban mis compañeros. Me pasaba el día arreglando problemas que, qué casualidad, empezaron a surgir. De repente todo lo que yo hacía lo hacía mal, cuando antes estaba bien.

Mi supervisor a ratos me hostigaba a ratos me decía que a ver si me arreglaba, que cada vez venía más descuidada (apenas me maquillaba desde que comenzaron los rumores, en un intento de afearme para que me dejaran en paz). Una vez me dijo, acercando la cara y bajando la voz, para que solo yo pudiera oírle, que las tías con abrir las piernas ya lo teníamos todo resuelto, pero que a él que tuviera coño no le importaba nada. ¿Cómo reaccionas a eso? Nadie excepto yo lo había oído. No tenía cómo demostrarlo.

Ya no salía a fumar. Pretesté que lo había dejado.

Entonces llegó la fiesta de Navidad de la empresa, la gente bebe, a la gente se le suelta la lengua, me entero de que me llaman “la concubina”, y que me follo al director, por eso conseguí el trabajo. Cuando escucho esto, son las tres de la mañana, yo ya no podía más y decido marcharme. Voy al guardarropa y cuando estaba en la calle esperando un taxi aparece el director, que también se iba ya, que si quería me acercaba a casa. Le digo que no, que bastantes problemas tenía ya por su culpa (me consta que estaba al tanto y que no había movido un dedo por defenderme), y me monto en el taxi que acababa de parar.

Estuve en ese trabajo dos meses más. En ese tiempo el director apenas se dirigió a mí ni contó conmigo para los proyectos. Mis compañeros ya no me llamaban “la concubina”, sino “la repudiada”. Y un trabajo que me encantaba se fue a la mierda.

Lo único bueno que saqué es que dejé de fumar, porque no podía en horas de trabajo, por el miedo a coincidir y que volviera el rumor.

¿Sabes lo que más me jode, Pepa? Que esto no me hubiera pasado de ser un tío, porque a un tío rara vez le dirán que ha conseguido el puesto por follarse a su jefe, ni levantará sospechas por fumarse un cigarro con él.

4 /////////////

Más o menos una vez al mes mi hermano me dice que soy lesbiana porque nunca me han dado un buen pollazo, y nadie de mi familia protesta ni me defiende.

5 /////////////

Hola Pepa, somos dos hermanas de 13 y 15 años, que estamos hartas de decirle a nuestra madre que nuestro tío-abuelo “Ricardo” nos agarra el culo o las tetas disimuladamente cada vez que nos obligan a darle un beso cuando viene de visita. Ella dice que pobre, que está medio ciego y por eso se equivoca, pero nunca nos agarra una mano o un codo, siempre echa mano donde puede. También gira la cara para que en vez del beso en la cara se lo demos en la boca. Ah… y cuando nos da el aguinaldo en Navidad distingue perfectamente en la cartera un billete de 20 de uno de 50… tan ciego no debe estar. A nosotras nos da mucho asco y desaparecemos siempre que sabemos que va a venir. Mamá no nos hace caso. Te escribimos porque sabemos que a veces te lee, y a ver si se entera.

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La comodidad es la enemiga del deseo

Llegamos a casa, cansados, nos ponemos el pijama. Me desmaquillo. Cenamos cualquier cosa. Hace sueño, ha sido un día muy largo. ¿Vamos a dormir?, me dice. Ok, le contesto. Nos lavamos los dientes. Maquinalmente nos ponemos la férula (sí, ambos tenemos que usarla, apretamos los dientes demasiado). Me meto en la cama y pienso “Esto… esto no puede ser. Parecemos un matrimonio, y tenemos un status”. Me quito el aparato de los dientes, el pijama y le digo desde la cama: “cari, no te pongas la férula y vente para acá”. Estaremos cansados, pero no tanto como para no tener sexo…

En toda relación de pareja hay un componente de rutina importante. Pero no hay que dejar que domine todas las situaciones de la convivencia, porque termina por adueñarse de todo.

¿Recuerdas esas primeras noches juntos, lo poco que dormíais? ¿Acaso te importaba la falta de sueño? No, ibas a trabajar con una sonrisa de oreja a oreja.

Ahora te metes en la cama y te da pereza hasta pensarlo. Y hay un punto de no retorno: cuando prefieres la cinta en el pelo, el calcetín por fuera del pijama, y ver Juego de Tronos metida en la cama, con el edredón hasta la nariz, a desnudarte, apagar la tele y tener sexo.

La mierda’la tele… Te digo una cosa: saca la tele de la habitación, que es malísimo. Si vas a trasnochar, que al menos sea por algo satisfactorio para ti. Y mira, hasta Cersei me daría la razón: entre follar y ver la tele, no hay color.

Pd (quien dice tele, dice tablet, móvil, redes sociales o lo que sea que te tenga abducida por las noches)

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Sigo recopilando vuestras historias de acoso. Prometo que se publicarán de manera anónima y, si enviáis datos que considero sensibles, que pueden afectar a vuestro anonimato, los modificaré.

¿QUIERES CONTAR TU HISTORIA DE ACOSO AQUÍ?
Comenta este post o, si quieres mantener el anonimato, escríbeme a amorentinder@gmail.com o por Twitter a @amorentinder o en Facebook a Pepa Marcos – El amor en tiempos de Tinder

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#yotambién #metoo

A estas alturas todas y todos os habréis enterado de lo que representa el hashtag #metoo o #yotambién. Muchas mujeres, animadas por el coraje de las primeras que han denunciado al productor Harvey Weinstein, han compartido su experiencia con el acoso, en todo tipo de situaciones, pero fundamentalmente en su puesto de trabajo o en el ejercicio de su profesión. Los testimonios aumentan de manera exponencial estos días.

Yo también he sufrido acoso de este tipo, desgraciadamente varias veces en lo que llevo de vida, pero voy a contaros la primera vez que me pasó a causa de un trabajo. Id a por un café, que la historia es larguita.

(He cambiado el nombre de los protagonistas para evitar que mis amigas puedan pensar que las he traicionado contando nuestras andanzas de juventud. Ellas se reconocerán en el relato).

Sicilia, 1936… en realidad, Sevilla, 1988. Conciertos de verano programados por una famosa emisora de radio fórmula. El grupo favorito de mi amiga Nati, que trabajaba los fines de semana conmigo en el bar. No nos lo íbamos a perder. Concierto gratis, en verano, SU grupo. Ni de coña, vaya.

Vimos el concierto y luego Nati se empeñó y empeñó en que quería ver al cantante y pedirle un autógrafo y un beso (no en ese orden), así que nos saltamos la valla de seguridad Nati, Pili y yo. Al parecer a los del grupo les hizo gracia (o más bien al bajista del grupo le hizo gracia Pili, una pelirroja tremenda y descarada), y nos invitaron a tomarnos algo con ellos en el bar del backstage.

Allí estaban los del grupo, algunos VIPS y los locutores de la emisora. Uno de ellos, Lolo, se fijó en mí y empezamos a hablar. Que había llegado hacía poco a la ciudad, que compartía casa con otro recién llegado a la emisora desde Madrid, etc. La típica charla de ligoteo de los 80’s: estudias o trabajas. No es que fuera un bellezón (*), pero era un chico muy agradable y muy educado.

(*) Respecto a la belleza de los locutores de radio, hay un dicho en el mundillo: “si la voz que escuchas te enamora, nunca te pases por la emisora”. Nada que añadir.

Cuando cerraron el evento, Lolo ya me agarraba de la mano, mi amiga Peli y el bajista estaban a un tris de montar un espectáculo erótico delante de todo el mundo, y Nati y yo no sabíamos si irnos y dejarla que se buscara la vida solita, o quedarnos hasta ver qué pasaba con ella.

Total, que sin saber cómo nos vimos montadas en taxis pagados por la emisora en dirección a la casa que compartía Lolo con su compañero, que además era su jefe directo.

Pili y su bajista no dijeron ni “hasta luego”, se subieron inmediatamente a la habitación que Jota, el jefe, les dijo que era la suya. Los demás nos quedamos en el salón tomándonos una copa.

Pero es lo que tiene el alcohol y los 18 años -y lo descerebrado de la edad- porque a los 15 minutos Lolo y yo nos estábamos besando y poniendo en una situación incómoda a los otros dos, que no podían más que hablar entre ellos. Así que sugirió que nos fuéramos a su cuarto.

No os asustéis, no pasó nada aparte de besos y tocamientos mutuos, porque diez minutos más tarde Nati llamaba a la puerta con insistencia:
– “Pepa, yo me voy”
– “Vale, espera que me voy contigo. ¿Y Pili? ¿la dejamos aquí?”
– “A la Pili no la echas de aquí hoy ni con agua caliente”
Pese a las protestas de Lolo, insistiendo en que me quedara, le dije que no podía, que aunque fuera tarde yo siempre llegaba a dormir a casa de mis padres, y que no iba a dejar sola a Nati a esas horas. Me pidió mi número de teléfono, se lo apunté en un papel y me fui.

No volví a saber nada de Lolo, excepto algún comentario en antena de sus compañeros sobre lo bien acompañado que estaba la otra noche, bla bla bla. Bromitas de locutores.

Como a las dos semanas me llama a casa Jota, el jefe de Lolo, invitándome a un concierto. Que aquel día se divirtieron mucho con nosotras, que éramos muy simpáticas. Le había dado mi teléfono Lolo. Añadió que estaban buscando personal para el departamento de ventas (comerciales, vaya), y que había pensado que yo y mi amiga encajábamos en el perfil que andaban buscando. En ese concierto estaría el director de la emisora y el jefe del departamento comercial, y así me podría presentar.

Bueno, por qué no. Yo estudiaba y trabajaba en un bar los fines de semana. No había muchas oportunidades de trabajo para una chica de 18 años, así que acepté a acompañarle al concierto. Me pidió que le recogiera en la emisora, porque andaba justo de tiempo. Serían las 19:00 de la tarde cuando me pasé por la emisora. Jota -un señor de unos cuarenta años y bastante grueso- estaba vestido como si viniera de la playa, con unas bermudas y una camiseta. Se excusó con que tenía tanto trabajo que no le había dado tiempo de cambiarse, pero que no me haría esperar mucho, ya que se habían cambiado de casa Lolo y él, y ahora estaban alojados en un hotel justo al lado de la emisora. Para hacerse perdonar por hacerme esperar me invitó a tomar algo en el bar de al lado. Quería que me tomara una copa para irme entonando, pero le dije que yo apenas bebía y prefería tomar Coca Cola, más aún si iba a conocer a los jefes.

Mientras hablábamos me dijo que tanto yo como mi amiga la rubia éramos unas candidatas perfectas para el puesto de comercial… Un momento: Nati era morena, yo castaña y Pili pelirroja. ¿A qué rubia se refería?. “Pues tu amiga la rubia esa tan espectacular, la que parece Madonna. Os vi hablando a las dos”. “Hummm… creo que estás hablando de Maricarmen”. La conocía del instituto y la saludé en el backstage, pero amiga-amiga tampoco era, aunque sí que tenía su teléfono. Pero tampoco quería meter la pata y no iba a dar el teléfono de una amiga a cualquiera. Entonces me dijo “en la habitación tengo las fotos del concierto del otro día. Puedes echarles un vistazo y decirme si la rubia es tu amiga o no. ¿Te parece?”. En fin, no es que me hiciera mucha gracia ir al hotel de nadie, y no las tenía todas conmigo, pero…

Quise esperarle en el vestíbulo pero me dijo que no, que subiera, que era cosa de un momento, porque eran un montón de fotos y andábamos mal de tiempo… Subí (que sí, que era imbécil, lo sé). En la habitación me dio una carpeta enorme (es verdad que eran muchas fotos y pesaba bastante), con un par de hojas marcadas. Miré las fotos y sí, era Maricarmen, así que le apunté su teléfono en una agenda y le dije que me bajaba al vestíbulo a esperarle mientras se duchaba y arreglaba.

Entonces se acercó más de lo que lo había hecho antes, y me dijo:
– “Ahora un besito de agradecimiento”
– “Oye… mira, no…”
– “Venga… solo uno”, se abalanzó hacia mí para besarme.
Le di un empujón y me fui corriendo a abrir la puerta, pero estaba cerrada con llave. La vi sobre la cómoda como a un metro de mí, la cogí a toda prisa, abrí la puerta y salí corriendo escaleras abajo. Mientras salía aún le oía decir “espérame en el vestíbulo…”. Su puta madre le iba a esperar. En mi vida he corrido tanto.

Cuando llegué a casa llamé por teléfono a mi mejor amiga para contárselo, a la única que  podía. ¿Cómo le iba a decir a mi madre que por una posible oferta de trabajo me había metido yo solita en la boca del lobo? Me costó un tiempo superar el susto y la sensación de tener yo la culpa por haber subido a esa habitación. ¿Y Lolo, por qué le había dado mi teléfono a ese pedazo de mierda? Creo que estaba más furiosa que asustada.

Aún así, saqué valor para llamar a Maricarmen, a ver qué pasó con ella, si la llamaron para un trabajo o si había caído en la misma trampa. Y mira, sí, le ofrecieron el puesto. Quedé con ella un día a comer y le conté la historia de Jota, para que supiera con quién trabajaba. Ella -de momento- no había tenido problemas de ese tipo, pero me dio las gracias por prevenirla.

Pd (para poneros en contexto: en 1988 no teníamos internet, ni móviles, ni WhatsApp, ni redes sociales. Los teléfonos se apuntaban en papeles que muchas veces se perdían, queriendo o sin querer. Quien te llamaba lo hacía al fijo de casa de tus padres. Si quedabas con alguien y no aparecía, no te enterabas del motivo hasta el día siguiente, y eso con suerte. El boom económico de la Expo 92 aún tardaría en llegar. Y los locutores de radio eran como los músicos, famosos).

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THE NEW YORKER
All the Other Harvey Weinsteins

By Molly Ringwald, October 17, 2017

[…] I could go on about other instances in which I have felt demeaned or exploited, but I fear it would get very repetitive. Then again, that’s part of the point. I never talked about these things publicly because, as a woman, it has always felt like I may as well have been talking about the weather. Stories like these have never been taken seriously. Women are shamed, told they are uptight, nasty, bitter, can’t take a joke, are too sensitive. And the men? Well, if they’re lucky, they might get elected President.

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