Las malas compañías

Yo tenía 18 años. Él 26. Francés, pintor. Hermoso, siempre vestido de lino blanco… Era un mix entre Corto Maltés, Picasso y cualquier golfo sevillano. Me llamaba Banshee, como las hadas irlandesas. Obviamente, me cautivó. Entendedme. Yo era casi una niña… 18 años, pordios.

Le agradezco desde lo más profundo de mi ser que en tan solo un mes me enseñara varias cosas: que un hijo de puta es un hijo de puta por muy temprano que se levante, y que nunca te vayas de viaje con un casi desconocido a Marruecos.

Me lo propuso, en ese mes de relación, tórrido verano sevillano, cuatro veces. Las mismas que le dije que no. Yo era muy niña, menos inocente de lo que a mi madre le hubiera gustado, y más inteligente de lo que le hubiera gustado a él. No era estúpida. Una cosa era tontear y otra muy distinta volverme loca e irme de viaje con un tipo extravagante, intrépido, poco confiable, y que traficaba esmeraldas (esto lo supe después y hace como 30 años de la historia, dejadme en paz). Llamadme desconfiada, pero en cuanto me dijo “vente conmigo a Marruecos” SUPE que había alguna movida rara. O me iba a vender o a obligar a hacer algo que no quería… Y qué necesidad. Si no me atrae Marruecos ni una pizca. ¡¿Qué se me había perdido a mí allí?!

Ayer me dijo una compi que oyendo mis historias tenía la sensación de que yo había vivido varias vidas, y ella solo una. Que se iba a apuntar a hacer parapente o algo para darle emoción…

Bueno, a ver. Desde la experiencia puedo decir que CANTIDAD no es CALIDAD; que desde la distancia, aunque hayan sido experiencias, quizá alguna me la habría poder ahorrado. Me da material para escribir mucho, desde luego, pero a veces pienso que me han pasado tantas cosas que nadie podría creerlo (lo más sorprendente es que todo es verdad), y así y todo no he dejado de tener fe en las personas.

Y es que a pesar de ser tan pragmática, tan tajante y cínica en mis cosas, creo que siempre hay un puntito de salvación en todo el mundo. Después de todo, y a pesar de los pesares… soy una romántica… ¿sí o qué?

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