Los que solo se quieren a sí mismos

calle sierpes sevilla

Sevilla es una ciudad preciosa, pequeña y cómoda. Los que hemos emigrado a otras ciudades sabemos que vivir en Sevilla es ser un poco Ulises atrapado por el canto de las sirenas: la forma de vivir de la ciudad te agarra y te deja en una especie de limbo vital. Proyectos que hoy son la leche y ponemos en marcha YA, al día siguiente es perdona, que no me acordaba que tenía que ir-al-dentista/con-mi-madre/había-quedao-y-no-me-acordaba, nos vemos mañana. Mañana es pasado, pasado es la semana que viene… y así se diluye todo.

Y nada se mueve. Está todo como atrapado en el tiempo. Si te vas a vivir fuera y vuelves, es aún más evidente.

Me pone muy nerviosa. Soy de esas maniáticas que cuando empieza algo, procura terminarlo, o se queda ya con el runrún de haber dejado un fleco por ahí. No entiendo cómo se puede vivir en esa calma chicha perpetua, más aún si te dedicas a alguna profesión creativa.

Pero contrariamente a lo que se podría pensar del carácter sevillano, Sevilla es vengativa, mucho. Si en tu juventud fuiste soberbio, creyéndote el amo del reino, que no había quien te tosiera ni te pisara, cuando llegan los años y la vida te deja el sitio justo para respirar, Sevilla te recuerda a todos los que miraste por encima del hombro… uno por uno.

Siempre es triste ver a un viejo amigo con el agua al cuello, intentando salir del sueño de Ulises, ahora que es la persona más desactualizada del mundo, porque no se quiso interesar por lo que hacían los demás, y nunca movió el culo de ese pedestalito al que se había subido. Y entonces te sale el carácter sevillano, ese que te recuerda las mil veces que fue déspota, mal jefe, mentiroso, ruin. La de veces que despreció tus ideas (qué sabrás tú, niña, que yo llevo años en esto), que hizo caso omiso a tus consejos, que siguió aislado en esa isla de su ego, vanidad de lo que en su día logró.

Ese resquicio de carácter sevillano que aún te queda (mal que te pese, así te crió la ciudad), hace que le escuches la retahíla de lugares comunes, de tópicos que llevas años oyendo de su boca, con resignación pero ya impaciente. Solo piensas “hemos tenido antes esta charla”, “otra vez va a contarme lo mismo”. Y cuando crees que la ausencia de reciprocidad en la conversación va a desanimarle de continuar, te la suelta:
– “Oye, ¿cuál es tu email? Es que quiero mandarte cositas que hago”
– “Ya me mandas cositas al email”
– “Ah… ¿Y por qué no contestas?”
– “Porque no me interesan”
Y ¡zas!, la perra sevillana acaba en una frase lo que la madrileña no ha podido en un cuarto de hora.

Al colgar el teléfono caes en la cuenta de que ni siquiera tenías grabado su móvil, porque hace mínimo dos años, probablemente más, que no hablabais.

Al rato, pensando si no habrás sido un poquito cabrona, rememoras la conversación (o monólogo) y ves que ha girado en torno a él y su manido discurso: si te preguntó dónde trabajabas ahora, le faltó tiempo para expresar su opinión sobre las revistas femeninas, las editoriales americanas, Trump y hasta Melania; si dices que estás a gusto viviendo en Madrid, que él no pudo nunca con Madrid, [atención, cliché] su estrés y sus prisas; si tienes trabajo de “lo tuyo” (que era lo suyo también), que eres afortunada porque en Sevilla fatalito del todo (pues vete, mueve el culo como hicimos otros, pee-ssa-daa).

Amante, que es muy observador y muy sabio, me dice siempre que la mayor parte de los problemas en las relaciones (en todas, no solo las de pareja) vienen porque todo el mundo va a lo suyo, sin pensar en el de al lado. Que oímos, pero no escuchamos. Que mucho te quiero, Perico, pero solo me acuerdo de llamarte cuando quiero ver el fútbol en tu casa o darte la brasa con las aburriciones que escribo.

¡¿Cómo te van a querer si solo te quieres a ti mismo?!

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