Una promesa es una promesa

Dos semanas. Miles de kilómetros recorridos con el coche. ¿Tumbonas? Seis, pero solo en días de mucho viento de poniente. ¿Cervezas? Menos de las estimadas. ¿Bajas? Una sombrilla con muchos veranos, un par de chanclas y unas gafas de sol baratas. ¿Promesas incumplidas? Cero.

Prometí no leer revistas ni libros, no llevarme el iPad, no entrar en redes sociales. Lo he cumplido. Tanto es así que ahora me da muchísima pereza hacerlo. Ayer me metí en FB y solo leí a gente enfadada, la misma gente que estaba enfadada antes de marcharme. En Twitter un señor muy ofendido (y sin sentido del humor), me afeaba un artículo publicado en Cosmopolitan. Y yo no pienso ni contestarle… qué pereza, qué trabajo más inútil. No me da la gana.

No sé cuántos años hacía que no tenía unas vacaciones-vacaciones, de las de no tener ningún tipo de horario. ¿Que nos levantamos a las 8? Bien ¿Que nos levantamos a las 11? Mejor.

Os preguntaréis cómo dos amantes tan independientes han sido capaces de aguantarse las 24 horas del día durante dos semanas sin tener ninguna bronca. Increíble pero cierto: no nos hemos agarrado de los pelos mutuamente, y no nos ha costado. Es más, en un par de días, cuando él regrese a su casa, mi hijo vuelva conmigo, y comencemos otra vez la locura de trabajo, horarios y organización militar, estoy segura de que no voy a parar de echarle de menos. De despertarme y ver que no tengo a ese chulazo impresionante al lado (ahora más impresionante un poco doradito por el sol, ¡ay!), y pensar que qué mierda de vida la del currante (¿no es lo que pensamos todos?). Y después de haber estado como dos adolescentes en plena ebullición de hormonas (con una media de encuentros sexuales más propio de veinteañeros en Ibiza que de dos que se acercan a la cincuentena), sospecho que en una semana estaré bastante salida, la verdad.

Regreso como esos coches que han estado mucho tiempo aparcados y ahora les cuesta arrancar. En estos días me pondré al día con vuestros correos y comentarios. Sí, he visto que me escribíais, pero una promesa es una promesa, y prometí que nada de trabajo.

pd (se me olvidaba, ¿número de veces que hemos escuchado “Despacito” en la radio? CERO)

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