El conejito de Duracell

conejito de duracell

Tengo más vidas que un gato, o eso dicen – medio en broma, medio en serio – mis compañeras. Al principio de conocerme, todas piensan que me invento la mitad de las cosas que me han pasado. Luego se dan cuenta de que no, es más, flipan porque ven que me han pasado muchas más de las que cuento. ¡Qué puedo decir! Tuve una juventud inquieta y no soy de quedarme en casa esperando que la vida me encuentre, salgo yo a buscarla.

Y eso que ahora estoy mucho más tranquila. A ello contribuye la edad, el hijo, que me da pereza socializar – excepto con un grupo de personas muy escogidas -, que siempre me ha parecido muy triste ser el más viejo o vieja de la disco… vamos, que en mi casa o con Amante estoy muy a gusto y no necesito más.

Con los años aprendes que más vale un zapato bueno que cinco malos. Y con el sexo es igual: más vale un polvo bueno que cinco conejeros.

Pared con pared tengo viviendo a una parejita. Los 50 metros de su casa son en realidad una parte de lo que antaño fue la mía, que es de estos pisazos señoriales tan propios del barrio de Salamanca de Madrid. Pisos de “gente bien”, enormes, en los que criaban a sus tropecientos hijos. Pero me desvío de la historia… El caso es que la división de la casa la hicieron de manera bastante chapucera, y la pared que nos separa es apenas un ladrillo, de tal modo que les escucho (y ellos a mí, supongo) hasta respirar.

Estos chicos (chico y chica) tendrán unos veintipocos años, creo que son colombianos (por el acento), y no montan demasiados jaleos. Aguna vez se les va la pinza, tienen visita y se quedan hasta las tantas charlando, que aunque se les oye no es para llamar a la policía. Pero el caso es que nunca les he escuchado follar. No es que tenga especial interés en escuchar polvos ajenos, pero siendo jóvenes me resultaba muy extraño. A mí me han escuchado seguro, porque aunque no soy muy de montar el numerito alguna vez se te escapa un ahhhhh más fuerte. Ellos nada. He llegado a pensar que o eran hermanos o sus escarceos sexuales tenían lugar cuando yo estaba en el trabajo. Pero la otra noche, que les escuché regresar de las vacaciones, por fin les oí. Bueno, no a ellos, al cabecero de su cama golpeando contra la pared. Lo que puede contar un cabecero de cama. A mí el suyo me dijo que sus polvos eran del tipo conejero: pumpumpumpum, dos minutos y a la ducha. Qué pena, tan jóvenes, con tanta energía, y desperdiciando así el sexo. Tardo yo más en lavarme los dientes.

Los polvos conejeros son una desgracia. Que sí, que no dudo que habrá a quien le satisfagan (a “ellos”, básicamente), pero a mí personalmente no me da tiempo ni a calentar.

Cuando yo tenía la edad que le calculo a estos chicos (allá por el Pleistoceno) me ligué al Chulito de la Moto, que llevaba una temporada haciéndome la rosca, y una noche me cogió más sandunguera y le dije que sí. Cuatro polvos en una hora. Yo no me enteré de ninguno. Con el primero pensé que el hombre andaba nervioso. Al segundo flipaba. Al tercero me dió la risa. Al cuarto me intenté concentrar, a ver si por acumulación de “arranques en falso” me enteraba de algo. Después de ese le mandé a su casa. Porque no creáis que intentaba que yo disfrutara de otras formas. No, el hombre iba a meter y ya. Era como el conejito de Duracell. Menuda pesadilla.

Por eso ahora cuando alguna amiga me cuenta que tal le echó cuatro polvos en una hora, le doy mi más sentido pésame, porque pienso que no se enteró de ninguno de ellos.

Chicos, hay que ponerle interés y dedicarle su tiempo. Es como lo de los zapatos: mejor uno bueno que cuatro malos.

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