Colaboradores necesarios

Tenía más o menos una idea de lo que me iba a encontrar al pediros que me contarais vuestras historias de acoso, pero nunca pensé que me enfadaría e incluso pasaría miedo con vuestros relatos.

Es asquerosamente normal el abuso, ahora ya no me cabe ninguna duda. Lo más asqueroso de todo es que el 99’9% de las veces la víctima se siente culpable, porque piensa que de algún modo ha provocado la situación.

¿Cómo no pensarlo?. Leo con estupefacción a algunos de mis contactos comentar en las redes que las víctimas de Weinsten ya podían haberlo denunciado en su día, y no ahora. Las que lo hicieron fueron baneadas, y nadie las creía. Entre arruinar del todo tu futuro (eran veinteañeras, sin el temple que da la edad) o guardarlo en un cajón del cerebro y seguir adelante, es comprensible que optaran por lo segundo.

¿Puedes juzgar esta decisión si tú nunca has pasado por esto? Por lo visto, sí: se abre la veda para decidir -una vez más- sobre el bien y el mal.

A estos guardianes de la verdad, la honradez y la sororidad, les dejaría echar un vistazo a todos los correos que me habéis mandado, para que descubrieran hasta qué punto es traumática una experiencia de este tipo. Para que vieran que pasa a todos los niveles de la sociedad, con un vecino, un jefe, un desconocido con el que te cruzas y mete la mano bajo tu falda solo porque eres una niña incapaz de defenderte.

Me gustaría que vieran que en todos los casos las víctimas se creen culpables de provocarlo, por algo que han dicho o hecho, y se avergüenzan y castigan por ello. Un trauma tan interiorizado que algunas no lo han verbalizado hasta que lo han puesto en el correo que me han mandado… Así está el tema, señores. Como para hablar de sororidad y de que si no lo contaste en su día ahora tu denuncia carece de validez.

Que el ya llamado “efecto Weistein” haya desencadenado toda una serie de testimonios de abusos (no sólo en el cine, también en la moda, y en otros muchos ámbitos) es lo mejor que podría pasar.

Extraoficialmente -ya que la editorial no se ha manifestado- y a través de la filtración de un correo electrónico, se ha sabido que el fotógrafo Terry Richardson ha sido vetado para trabajar en el futuro con Conde Nast, a cuenta de las numerosas denuncias por abuso sexual hacia algunas modelos que tuvieron la mala suerte de posar para él. Un tema viejo, se defiende el interesado, pero no por ello prescrito. El abuso es un trauma que no caduca.

#MeToo es necesario para que comprendamos que los abusadores lo son simplemente porque pueden, PORQUE SE LO PERMITIMOS, porque están en una situación de poder e impunidad, porque no se les señala, porque no se les combate, porque a ellos no se les aparta ni margina, que es justo lo que hacemos con las que se atreven a denunciarlo.

Lo positivo de esta ola de sinceridad, es que está destapando hasta qué punto estamos infestados por este mal. Es NECESARIO que la cultura del “se dice el pecado pero no el pecador” desaparezca. Es IMPRESCINDIBLE acabar con la impunidad.

Y lo primero que debe desaparecer es esa visión tan machista, tan de proteger al abusador, que aún mantenemos: siempre ponemos en duda la veracidad del testimonio de la víctima. Si tiene un pasado promiscuo. Si por qué va por ese camino por el que nadie pasa en vez de por el otro. Si se pone una falda o un escote. Si es amable y sonríe. Si ha acudido a una cita de trabajo en algún lugar no habitual, como un hotel. Si por qué volvió sola a casa tras salir de juerga… Descargamos la responsabilidad en la víctima, y no en el violador o el abusador, que es el ÚNICO culpable.

En cierto modo, somos todos colaboradores necesarios en esta cultura del abuso y el silencio. ¿Por qué voy a contar lo que me ha pasado, si no me van a creer, si me van a poner de puta irresponsable para arriba, si van a justificar lo que me ha pasado porque yo sola me lo he buscado? Me callo y apechugo como puedo con mi trauma.

Publico a continuación una selección de testimonios anónimos. Esta mierda está en todas partes.

1 /////////////

En 2010, yo tenía 17 años recién cumplidos y nos acabábamos de mudar a una casa adosada en una urbanización en una colina. A nuestro alrededor solo había bosque, campo, y más urbanizaciones… Ni tiendas, ni ultramarinos, ni tan siquiera chinos. La mayoría de las casas, recién construidas, todavía estaban desocupadas, pero pronto llegó a la casa de enfrente (en otra urbanización distinta a la mía) una nueva familia. Un matrimonio, de unos treinta y tantos, con dos niñas pequeñas (de unos 2 y 4 años). Pronto, mi madre y yo nos dimos cuenta de que el hombre estaba de muy buen ver y acabamos llamándolo “el vecino buenorro”. Él era agradable, y como con cualquier otro vecino, lo saludaba, a veces sonriendo, otras con la mano… Un acto insignificante e inocente que a mí me traía ilusión. Yo era joven, una romántica, y había idealizado historias como Lolita y El Amante… No buscaba nada con un hombre mayor, pero me gustaba la sensación de no pasar inadvertida a alguien mayor.

Nunca hablábamos, solo nos saludábamos… No era nada prohibido ni malo, pues mi madre o su mujer también saludaban. Sin embargo, pronto los saludos no eran nuestra única interacción. Recuerdo que la primera vez que me habló fue cuando iba a tirar la basura con mi perra. Se paró a mi lado, me dijo su nombre y me dio dos besos. En ese momento yo estaba flipando (me había dado dos besos, “el vecino buenorro”!). Estuvimos hablando como 5 minutos sobre mi perra y luego él volvió a su casa y yo con mi paseo… Creo que fue entonces o más tarde, cuando quizá yo le di mi nombre, que me agregó a Tuenti (la versión española de Facebook).

En verano solía hacer calor, y por las tardes yo me ponía en la terraza a tocar la guitarra, o por las noches con las ventanas del salón abiertas de par en par para que entrase el fresquito… Era entonces, cuando él se ponía a mirarme; desde su jardín por la tarde o su azotea de noche. Por las tardes, a lo mejor llegaba, aparcaba su coche, entraba a la casa y volvía a salir de ella sin camiseta – a lo que yo pensaba “eh… ok” y seguía tocando mi guitarra. Pero fue una noche cuando mis alertas se dispararon. La primera vez que lo vi allí fue cuando estaba viendo una peli en el salón. El canal hizo una pausa para publicidad y aburrida miré hacia afuera. Tumbada en el sofá tenía un ángulo diagonal perfecto hacia su azotea, y allí estaba él. Sin camiseta. Mirándome. Supongo que me distinguiría perfectamente por la oscuridad de la habitación siendo la luz de la tele la única que me iluminaba. Me pareció muy raro… Demasiado. Moví mi cabeza en su dirección como diciendo “ey”, pero esa vez no me ilusioné. Me pareció bastante siniestro y raro que estuviese ahí mirándome. Escurrí el culo hacia adelante en el sofá y acabé por desaparecer de su vista.

Fue desde entonces que todo cambió. Desde entonces, sentí que siempre que salía a pasear a mi perra o tirar la basura coincidíamos… Sus primeros mensajes a Tuenti eran inocentes, pero pronto empezó a enviarme mensajes del tipo “eres muy guapa”, o “me gustas mucho”. A medida que la cosa iba a más yo me sentía cada vez peor… Ya no me gustaba que me saludara, por la noche veía las películas con las cortinas echadas, miraba por la ventana para asegurarme que él no estaba ahí antes de salir a tirar la basura…
Empecé a tener miedo de encontrarme con él. Y mientras tanto, sus mensajes no paraban. Me preguntaba que si él había hecho algo malo, que qué me pasaba…

Yo me sentía sola y estaba asustada. Pensé que eso era lo que me merecía; que esa situación era mi culpa…
Pensé en su mujer. Pensé en mi madre. Pensé en la vergüenza. Y como resultado o salida, pensé que lo mejor era hacerme daño a mí misma…
Sin embargo, por cobardía o valentía, no sé qué es lo que realmente me impulsó a hacerlo, hablé con mi madre y se lo conté todo.

No la había visto, ni hasta la fecha la he visto tan enfadada. En resumidas cuentas me dijo que no era mi culpa.

Lo borré de Tuenti, aunque eso no evitó que me siguiera escribiendo. Me acuerdo del color de su coche, verde aceituna, y de la matrícula acabada en AJ. Cada vez que lo veía se me paraba el corazón. De hecho, ya habían pasado algunas semanas cuando, paseando a mi perra mientras escuchaba música, vi por el rabillo del ojo un coche verde que se me acercaba. Poco a poco iba desacelerando, hasta que finalmente paró a mi lado. Vi que, en efecto, se trataba de él, y temblando de miedo, tiré de la correa de mi perra y me metí en el campo donde no podría seguirme con el coche – decisión tonta, ahora que lo pienso, porque podría haberme seguido andando…

Supongo que acabó por cansarse y al final dejó de acosarme. No se lo dije a nadie más. Tampoco denuncié, porque pensé que podría hacerle daño a su familia y que quizá yo exageré. Los mensajes ya no existen y la experiencia ya no es fresca después de tantos años, por lo que no puedo estar segura. Lo único que sé con certeza es el sentimiento de querer hacerme daño a mí misma; de castigarme. Puede que desde su punto de vista la situación no fuera tan descabellada, pero desde el mío sí.

Nunca he contando esta historia con tanto detalle. De hecho, me he sorprendido de cuantas cosas recuerdo con tanta claridad… Espero que esto ayude a concienciar a jóvenes en mi misma situación. No tienen la culpa y deben de ser fuertes y pedir ayuda porque no están solas.

2 /////////////

Seré breve con mi experiencia, ocurrió hace 19 años: con trece años había dos caminos para ir al instituto, uno mucho más transitado pero que daba mucho rodeo y uno menos transitado pero más directo. No es que fuera especialmente peligroso pero es cierto que pasaba menos gente. Yo tenía trece años y a pesar de que mis padres me recomendaron ir siempre por el camino largo, a veces, por aligerar, acaba eligiendo la otra alternativa.

Un día, volviendo a casa, un hombre que venía caminando hacia mi, se plantó sin más delante y me metió mano. Me hizo un comentario que omitiré pero solo pude correr y alejarme mientras él se reía sin parecer que hubiera hecho algo malo.

Durante mucho tiempo me sentí exactamente cómo has relatado. Culpable porque pensaba que al haber desobedecido a mis padres había provocado esa situación…por lo tanto quizás me lo merecía. De hecho nunca se lo conté a nadie.

Con 32 años puedo decir que he vivido muchos más momentos pero quizás ese es el que más me marcó. Evidentemente tengo superado todo esto pero estoy de acuerdo con lo que has expresado muchas veces en tus textos, no podemos acostumbrarnos a estos momentos, dejarlos pasar como condición inherente de ser mujer. Y creo también que es importante transmitir a las mujeres otros valores que hagan desaparecer la responsabilidad y la culpa achacadas a nuestra condición.

En fin, muchas gracias por habilitar este email, tras haberte contado ésto me siento mucho más ligera. Un saludo.

3 /////////////

Hola, Pepa. Intentaré resumir. En mi primer trabajo serio tras terminar la carrera y un máster (Ingeniería), me animaron desde RRHH a ser colaborativa y trabajar en equipo. El director fomentaba el trato no formal con el resto de los compañeros (todo hombres) incluido él. A menudo coincidíamos en la terraza fumando un piti, hasta el punto que ya cuando uno de los dos iba a fumar le hacía una seña al otro y bajábamos juntos…

Ese fue mi error, creer que ese buen rollo y esa actitud eran lo normal.

El cotilleo en la empresa era que él y yo estábamos liados. Hubo quien dejó de hablarme. Me boicoteaban mis compañeros. Me pasaba el día arreglando problemas que, qué casualidad, empezaron a surgir. De repente todo lo que yo hacía lo hacía mal, cuando antes estaba bien.

Mi supervisor a ratos me hostigaba a ratos me decía que a ver si me arreglaba, que cada vez venía más descuidada (apenas me maquillaba desde que comenzaron los rumores, en un intento de afearme para que me dejaran en paz). Una vez me dijo, acercando la cara y bajando la voz, para que solo yo pudiera oírle, que las tías con abrir las piernas ya lo teníamos todo resuelto, pero que a él que tuviera coño no le importaba nada. ¿Cómo reaccionas a eso? Nadie excepto yo lo había oído. No tenía cómo demostrarlo.

Ya no salía a fumar. Pretesté que lo había dejado.

Entonces llegó la fiesta de Navidad de la empresa, la gente bebe, a la gente se le suelta la lengua, me entero de que me llaman “la concubina”, y que me follo al director, por eso conseguí el trabajo. Cuando escucho esto, son las tres de la mañana, yo ya no podía más y decido marcharme. Voy al guardarropa y cuando estaba en la calle esperando un taxi aparece el director, que también se iba ya, que si quería me acercaba a casa. Le digo que no, que bastantes problemas tenía ya por su culpa (me consta que estaba al tanto y que no había movido un dedo por defenderme), y me monto en el taxi que acababa de parar.

Estuve en ese trabajo dos meses más. En ese tiempo el director apenas se dirigió a mí ni contó conmigo para los proyectos. Mis compañeros ya no me llamaban “la concubina”, sino “la repudiada”. Y un trabajo que me encantaba se fue a la mierda.

Lo único bueno que saqué es que dejé de fumar, porque no podía en horas de trabajo, por el miedo a coincidir y que volviera el rumor.

¿Sabes lo que más me jode, Pepa? Que esto no me hubiera pasado de ser un tío, porque a un tío rara vez le dirán que ha conseguido el puesto por follarse a su jefe, ni levantará sospechas por fumarse un cigarro con él.

4 /////////////

Más o menos una vez al mes mi hermano me dice que soy lesbiana porque nunca me han dado un buen pollazo, y nadie de mi familia protesta ni me defiende.

5 /////////////

Hola Pepa, somos dos hermanas de 13 y 15 años, que estamos hartas de decirle a nuestra madre que nuestro tío-abuelo “Ricardo” nos agarra el culo o las tetas disimuladamente cada vez que nos obligan a darle un beso cuando viene de visita. Ella dice que pobre, que está medio ciego y por eso se equivoca, pero nunca nos agarra una mano o un codo, siempre echa mano donde puede. También gira la cara para que en vez del beso en la cara se lo demos en la boca. Ah… y cuando nos da el aguinaldo en Navidad distingue perfectamente en la cartera un billete de 20 de uno de 50… tan ciego no debe estar. A nosotras nos da mucho asco y desaparecemos siempre que sabemos que va a venir. Mamá no nos hace caso. Te escribimos porque sabemos que a veces te lee, y a ver si se entera.

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5 comentarios en “Colaboradores necesarios

  1. Hola Pepa. Me ha pasado una cosa curiosa. Con todo esto del #metoo, yo pensaba y repensaba y me sentía afortunada porque oye, nunca me habían acosado (aunque soy de las que vuelve a casa con las llaves en modo puño americano). Nunca me había acosado alguien con poder, a cambio de trabajo o notas o favores, o arruinar mi vida si me negaba. Pero acabo de leer los cinco testimonios que has puesto… y oh, dios, los he vivido casi todos!!!! En dos ocasiones siendo niña me he topado con exhibicionistas, en otra me pararon por una calle (una normal de provincias, con familias paseando) y me ofrecieron dinero, el dependiente de una tienda a la que iba con mi madre se empeñaba en “cortejarme” (taytantos él, quince yo), de adulta tuve que dejar un trabajo que me gustaba porque se empeñaron en que estaba liada con el jefe (y el muy cobarde no me defendió)… ¡Me he quedado asustada de mis propios recuerdos y de cómo los había normalizado!

  2. El tema está en que a nosotras desde niñas nos machacan con ser castas, puras, decentes, no ir provocando… pero a ellos nadie les dice que tienen que aprender a respetar y no ser unos cerdos babosos. Nadie les enseña que hay q preguntar antes de tocar porque no somos objetos sino seres humanos. Nadie les machaca a ellos con eso con la misma intensidad con la que se nos machaca a nosotras.

    A las dos hermanas de la última historia les diría, no estáis solas ni sois las únicas. Defenderos, tenéis 13 y 15 años y sois dos. Yo tenía 5 años y estaba sola. No tenía a nadie a quien contar nada, mención a parte de que mi época era otra época, donde los niños no teníamos ni voz ni voto frente a un adulto, éramos el último mono.
    Vuestra madre no es tonta, sabe lo q hay, porque seguro q ha estado antes dónde estáis ahora vosotras, sólo que es más cómodo para ella no abrir batallas en la familia. Si me lees madre de las dos niñas, eres CÓMPLICE y no te mereces ni a tus hijas ni el cariño que te profesan ni la confianza que depositan en ti al ir a buscarte para pedirte ayuda. No voy a enunciar todos los insultos que te mereces, solo te diré que tienes mi más absoluto y profundo desprecio. Como mujer y como ser humano. Espero que tus hijas sean listas y recurran a las nuevas tecnologías si hace falta para poner a ese cerdo en su sitio, la comisaría.

  3. La historia de las 2 hermanas me ha recordado algo que me pasó desde los 6 a los 11 años o así. Mi tío, el hermano pequeño y favorito de mi madre, me tocaba siempre que podía. Empezó por bajarse los pantalones para ponerse bien la ropa cuando estábamos solos. Me decía que no se lo dijera a mi abuela porque ella era muy antigua y no lo iba a entender. Me llamaba aparte en las reuniones familiares, siempre encontraba una excusa para quedarse a solas conmigo. Me metía la mano por dentro de la camiseta y me tocaba los pezones, allí delante de todos. ¿De verdad que nadie se daba cuenta? Según mi madre, mi tío me adoraba y me quería con locura. Sin saber a quien recurrir, se lo conté a mis primos, uno de mi misma edad y el otro 3 años mayor, y empezaron a hacerle llamadas anónimas insultándole. Quizás no fuera el mejor método, pero me dio confianza para empezar a decirle que no cuando me llamaba y me buscaba. Con el tiempo imagino que se aburrió y dejó de darme la lata. A estas hermanas les digo que se apoyen la una en la otra, y que se busquen algún aliado más, si vuestra madre no os cree, otra persona que esté también en esos momentos y os apoye. Y plantadle cara. Os tenéis la una a la otra y esa tiene que ser vuestra fuerza.

  4. Caso 1: Los hombres mayores siempre saben a lo que van, y la ingenuidad nos juega en contra, la falta de confianza y saber cuando parar todo en seco, muchas somos caperucita en el mundo de lobos.
    Caso 2: Me da rabia el leer eso y no poder hacer nada, cuando cosas como esas pasan a diario ,el cretino lo olvida, y una tiene que cargar con eso toda la vida
    Caso 3: Sé que es difícil luchar contra algo así, pero se puede, grabar la voz, denuncia en redes (humillación publica para el agresor) o simplemente buscar la paz propia y abandonar el empleo, suena cobarde, pero dejar que arda el mundo sin que estés en el, a fin de cuentas eliminas al asqueroso y estas mas feliz.
    Caso 4: Llevo 4 años sin novio, en la Uni nadie me ha conocido novio, como los he rechazado, seguro que para ellos pensar que soy Lesbiana es una opción, pero mira, ¿que hay de malo? , dile al idiota de tu hermano que para tener novios pasajeros, mejor no tienes, porque te quieres mucho y aunque suene tonto esperas a la persona indicada, es tu vida y sabes que hacer con ella.
    Caso 5: Ojalá me lean niñas, sepan que mucha gente se ha enterado, su madre tiene la obligación de defendedlas de un maldito así, no teman expresar delante de todos sus familiares lo que pasa en el momento, mejor el escándalo familiar por el manoseo que por algo mayor después, pónganse de acuerdo entre hermanas y no lo saluden nunca más, no tienen porque hacerlo, juntas son un equipo y su palabra pesa mas que la de el, aléjense cuanto antes de ese vejete asqueroso. Uno al mundo llega solo y tenemos que aprender a cuidar de nosotras mismas chicas, que nunca te avergüence defenderte, es el único camino. Un abrazo a todas las lectoras y a Pepa.

    1. Caro, hoy me salía en Instagram esta frase:
      “A las mujeres las enseñan a odiarse a sí mismas si los hombres las rechazan, a los hombres se les enseña a odiar a las mujeres si ellas los rechazan”.
      Que gran verdad! O por lo menos está ha sido mi experiencia. Que razón tienes.

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