Cuestión de admiración

Cuando era apenas una niña me decía mi madre: “busca un muchacho bueno y trabajador. Da igual que no sea muy guapo o que no te guste mucho. El cariño se hace con el tiempo”. Entendedla, se educó en una época en que las mujeres tenían que pasar del paraguas paterno al paraguas del matrimonio, aunque ese paraguas estuviera lleno de agujeros y te dejara más desprotegida que otra cosa.

Las buenas cualidades para ella se resumían en eso: que no te pegara, que trajera el jornal a casa. Vivió una guerra y una posguerra. Sufrió un padre más inclinado a dejarse la fortuna en la mesa de juego que en alimentar a su familia. Y casándose con “el guapo” no acertó, repitió la jugada pero a peor… Así que la pobre creía que feo y trabajador eran un seguro para no sufrir.

Pero yo nunca fui dada a escoger a mis novios por esas cualidades. Que conste, eso sí, que no he sido clasista y la belleza y proporción áureas no siempre han casado con la mayoría de mis parejas (aunque algunos eran francamente guapos). Así los ha habido altos y bajos. Gordos y flacos. Querubines y feos con ganas. Todos tenían algo, o al menos algo para mí en ese momento de mi vida.

Con los años sí que he ido “puliendo” mis preferencias: ahora soy completamente incapaz de enamorarme de alguien a quien no admire. Y para admirar a alguien necesito unos cuantos requisitos:
– que sea buena persona, y no solo conmigo o por aparentar. Que lo sea de verdad.
– que tenga sus propias ideas, aunque no coincidan a veces con las mías, pero que no se deje mangonear y no me intente mangonear a mí
– que trabaje. Nadie trabaja por gusto, está claro, pero ya no me veo con ganas de soportar ni un solo vago más en mi vida
– que folle bien. Que me folle bien. Que le guste hacerlo y se lo pase casi mejor viéndome disfrutar a mí que a él mismo. El que actúa así os aseguro que recibe su recompensa (esta debería ir más arriba, pero no os fijéis en el orden).
– que no se sienta abrumado, atacado o disminuido porque en algunas cuestiones sea más experta. Los acomplejados intelectuales son dañinos: en menos de un año yo he pasado del “qué inteligente eres” al “ya está la lista de los cojones”. Huyo de ellos como de la peste.
– que le guste verme, joder, que se le iluminen los ojillos. No hay nada más descorazonador que que tu marido te mire al entrar en casa como si fueras un mueble más (algunos -y algunas, ojo- miran con más pasión al sofá que a su pareja)
– que sea limpio. Esto, que puede parecer una obviedad, no lo es en absoluto. Y tampoco tiene que ver con defectillos de la edad. Sé de cuarentones que no se cambian los calcetines hasta que no se les marcan los dedos de los pies, y que su idea de “camiseta limpia” es esa que “solo se han puesto dos veces”, seguidas y sin haber pasado por la lavadora. El mayor truco de belleza es la limpieza.

Y si además está tan bueno como Amante, que podría pasar por uno de los de “300”, pues mira, tampoco te voy a decir que me disguste, je. Ya os he anticipado que tengo que sentir admiración, y ese culo es para ponerle una calle, palabra.

¿Que soy una exigente? Pues puede, pero es que de feos, chulitos guaperas, vagos, guarros, incompetentes sexuales, acomplejados intelectuales y malas personas, ya he tenido no para una, sino para varias vidas. Llené el cupo.

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3 comentarios en “Cuestión de admiración

  1. Me gusta tu lista, y añadiría a los acomplejados económicamente.
    Me paso con uno que me dijo que le acomplejaba profundamente que yo tuviera mejor coche que el. Eso fue un comentario un día, tiempo después era “la pija los cojones”.
    Haber estudiado chaval, esa es la diferencia entre “tocarse los cojones a dos manos cuando eres joven” o dejarte la piel para forjarte un futuro.

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