Je ne regrette rien… ¿seguro, cari?

High angle view of woman with black tea sitting on rug at home

Dicen que las tres cosas más desesperantes en la vida son: intentar convencer de algo y no conseguirlo, esperar a alguien que no viene, e intentar dormir y no poder conciliar el sueño. A mí hoy me ha tocado la tercera. Dos horas, a lo sumo, habré pegado ojo, que para alguien que prefiere mil veces quedarse sin comer antes que sin dormir, ha sido desesperante. Agotaíca estoy. El día de hoy me parece que lo va a “patrocinar” San Red Bull… En fin, qué le vamos a hacer.

Lo peor del insomnio es la velocidad con la que enganchas un pensamiento absurdo con otro, la de idas de olla y recuerdos enterrados que se vienen a la memoria.

Eso de que no debemos arrepentirnos de nada de lo que hayamos hecho, porque gracias a ello somos como somos, es verdad solo a medias. Una de las conclusiones a las que he llegado en estas horas de no sueño ha sido que vale, arrepentirse es una estupidez, puesto que no hay manera de deshacer lo dicho o hecho, pero creo que dentro del “arrepentimiento” hay dos niveles: el “no debería haberlo hecho, pero una equivocación la tiene cualquiera”, y el “ahivá la hostia, por favor quiero olvidarme de esto para siempre”.

Y yo, como todo el mundo, también tengo cosas de las que me arrepiento nivel 2. Ya no puedo cambiarlo, de algunas además de arrepentirme me avergüenzo, pero mi cerebro (ese cabroncete que no me deja dormir a veces) no deja que me olvide.

En las noches de insomnio me acuerdo de las malas decisiones, de la poca autoestima y fortaleza mental que caracterizaron a mi juventud, de las noches que estuve sin dormir esperando a alguien que no venía, y a quien le importaba tres cojones hasta qué punto me hacía sufrir. Esos, por ejemplo, son arrepentimientos de nivel 1: equivocaciones cometidas por pura bisoñez, actitudes que me enseñaron y me educaron para no ser así nunca más.

Repasando mi vida en los últimos tres años me di cuenta de que el número de cosas de las que arrepentirme había descendido de manera radical, justo desde que dejé atrás lo que me hacía daño y acogí con alegría lo bueno que se me presentaba. Una tiene menos cosas de las que arrepentirse cuando actúa como cree que es correcto. Sonreí, satisfecha, y creo que entonces me dormí… lástima del despertador dos horas después…

(Son las 6:50. Buenos días. Voy a por un café.)

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